Como parte del ciclo Andar la arquitectura, dentro del proyecto Rutas y Andares 2026 de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, tuvimos la oportunidad de realizar el recorrido «Filigranas de La Habana: la herrería en la arquitectura», una experiencia que resultó verdaderamente reveladora.
Y es que muchas veces caminamos por las calles del Centro Histórico sin detenernos a mirar hacia arriba, sin notar que cada balcón, cada reja, cada baranda esconde una historia. Este recorrido nos invitó precisamente a eso: a detener la mirada en los detalles que solemos pasar por alto.
Durante el andar, pudimos apreciar de cerca el valor ornamental, histórico y técnico de los trabajos en hierro forjado y fundido que decoran la arquitectura colonial y decimonónica habanera. Los balcones de hierro fundido, con sus delicadas filigranas, las rejas que resguardan portales y ventanas, las barandas que corren a lo largo de escaleras y azoteas, y los herrajes que aún perduran en puertas centenarias: todo ello conforma un patrimonio a menudo invisible pero fundamental para entender la riqueza visual de La Habana Vieja.
Resultó especialmente interesante descubrir cómo estas piezas no son simples elementos decorativos. Cada reja, cada balaustrada, cada detalle en hierro habla de técnicas artesanales que llegaron a Cuba desde Europa, de talleres habaneros que desarrollaron su propio lenguaje estético, y de un período histórico donde la ciudad se embellecía a través de estos trabajos metalúrgicos. El hierro forjado, trabajado a martillo sobre el yunque, y el hierro fundido, moldeado en piezas seriadas, conviven en las fachadas habaneras creando un contraste que el recorrido supo destacar con claridad y rigor.
El guía especializado nos acompañó en la lectura de estos elementos, señalando particularidades que sin su intervención hubiéramos pasado por alto: la diferencia entre una reja colonial del siglo XVIII y una decimonónica, los motivos ornamentales que se repetían según la moda de cada época, las huellas de los oficios tradicionales que dieron forma a estas filigranas metálicas.
Este tipo de iniciativas, que la Oficina del Historiador mantiene vivas cada verano a través de Rutas y Andares, son indispensables. No solo nos enseñan a mirar la ciudad con otros ojos, sino que nos recuerdan que el patrimonio no está solo en los grandes monumentos: también está en esas rejas y balcones que vemos todos los días sin detenernos realmente a observarlos.
Quiero agradecer de manera especial la participación de la comunidad sorda en este recorrido. Su presencia enriqueció la experiencia y demostró una vez más que el patrimonio pertenece a todos por igual. Asimismo, reconocemos el servicio de interpretación en Lengua de Señas Cubana (LSC) que se ofreció durante el andar, un gesto que hizo posible que cada participante pudiera acceder a los contenidos del recorrido en igualdad de condiciones. La accesibilidad cultural no es un extra: es una responsabilidad, y estos recorridos dan un paso importante en esa dirección.